‘Los juegos del hambre’ de las oposiciones
Borja me contó que se quedó a las puertas de su plaza de policía nacional. Le tumbaron en la última prueba física, en la que tenía que arrastrar un maniquí de rescate durante veinte metros. Pero le pusieron un modelo distinto a aquel con el que había practicado y se le resbaló de las manos en un momento dado. A tomar por saco prueba, meses de estudio, dinero invertido, dinero dejado de ganar y ausencia de plan B. Porque Borja, así lo llamaremos, había apostado todo a aquella carta. Estaba harto de trabajar en la fábrica de frenos en un polígono industrial de su ciudad de provincias y de aguantar a un jefe mezcla del Bardem de El buen patrón y El ser querido. Quería hacer algo por los demás y en la policía veía un modo de canalizar su vocación de servicio. Pero no pasó el corte. ¿Qué hará ahora?
Hay algo desolador en ese tipo de apuestas al todo o nada cuando sale la nada. Recuerdo otra ocasión con un aspirante a juez que venía de suspender. Sus amigos lo llevaban en volandas pero su rictus desencajado se notaba a la legua. Rumiaba sombras. ¿Qué haría al día siguiente? Se habla ahora del éxito de Davidovich Fokina, que ha ganado tres torneos ATP en 2026 tras dejar atrás el fantasma de las cinco finales perdidas. Es cierto que esa contumacia, es decir, la perseverancia en el error, puede pesar como espada de Damocles, pero siempre hay otra oportunidad. «Daos oportunidades», aconsejó Rafa Nadal a los alumnos de su academia de tenis.
El tenis te da oportunidades: pierdes y puedes seguir jugando. De hecho, nunca se pierde de manera tajante, no hay pruebas como la del maniquí. Para que te gane el otro deberá hacerlo con solvencia: al menos con dos puntos de diferencia y dentro de un set que hay que ganar con dos juegos de ventaja.
¿Qué tipo de mentalidad psicopático-sádica es capaz de crear un sistema tan crudelísimo como el de las oposiciones, tanto que recuerda a esa serie tan violenta que cito en el título y del que apenas he visto una de esas pruebas sanguinolentas? Desde luego, quien se adentra en ellas sabe que se cuela en el camino del héroe, trufado de conflictos, es decir, en una trama absolutamente literaria: Ulises palidece al lado de cualquier opositor. Y cuando en ese viacrucis académico, administrativo, concursa alguien con sensibilidad literaria, el resultado es feliz, pese a lo difícil que es, a priori, seducir a ningún lector hablando de jornadas de apuntes y flexo de doce horas. He ahí el reto.
Esto lo comprobé en su día con la lectura de Cómo me convertí en inspector de Hacienda (Colex), de Pablo Miser, del que escribí entonces por aquí. Y ahora lo hago con Balada del pájaro ausente (Sloper), de Carlos Torrero, que bien podría haberse titulado Diario de oposición, porque de eso va la mitad del libro; la otra es un poemario.
Y con qué voracidad he leído ese libro. En primer lugar, por una identificación con el autor más allá de lo habitual. Porque Torrero también es de 1979, también estudió Comunicación Audiovisual, también nació en una ciudad de provincias (Cuenca), también vive en un lugar distinto al de cuna (Sevilla) y también atravesó cierta crisis, en los cuarenta muy avanzados, que le llevó a tomar las riendas de su vida. En su caso, apostar por la vía docente y tratar de lograr plaza como profesor de Secundaria. En mi caso, si estás leyendo esto, en esta plataforma, mi giro vital, de 360 grados, va por aquí. Sí he dicho bien: un giro lampedusiano para quedarme donde siempre pero con otra actitud, otro compromiso.
Diario y poemario: dos por uno, épica y lírica
Y leí sin pestañear el diario opositor de Carlos Torrero porque lo cuenta todo sin arabescos, con transparencia por momentos wasapera, de un modo tan directo que lo que se pierde en evocación poética sublime se gana en thrilling literario del bueno: ¿conseguirá Carlos aprobar las oposiciones tras tantos meses de entrega rayana en el delirio? Intuimos que sí, no sé bien por qué, pero seguimos leyendo sin parar. Entiendo ahora, inciso, que la segunda parte sea un poemario: como para equilibrar la dosis necesaria entre épica y lírica que tiene que tener toda obra. Y de eso, lírica de la buena, hay en esa segunda parte. Como en el poema «Un circo lento»:
Madurar es asomarte
al cráter de los días inciertos
aceptar que la vida se torció
donde no lo esperabas
En la parte del diario, además de citas que dan peso erudito en medio de la agilidad del texto, un viaje a la intimidad de un ser humano, que es lo que nos gusta de los diarios. Intimidad cuyos límites marca cada cual, por supuesto. En este caso, en torno a esa apuesta a una sola carta que, curiosamente, era un Plan B. ¿El Plan A? Imagino que ser director de cine, guionista de éxito o, simplemente, escribir. Hasta que se descubre —y ese hallazgo me llevó años a mí— que «lo que verdaderamente destruye a un escritor es dedicarse exclusivamente a escribir». Y añade que «las épocas en las que he podido dedicarme únicamente a escribir son las que más infeliz he sido y peores resultados he tenido».
La soledad del opositor de foto. Foto de Alex Tyson
De ahí la necesidad del Plan B. El problema es que no hay Plan C. Ni E, como aquel de Zapatero para crear rotondas y puestos de trabajo, hicieran falta rotondas o no. Para conseguirla, la plaza de profesor, no la rotonda (¿glorieta? qué matiz semántico hay en cada término), habrá que mancharse de épica. Y de eso hay en este adictivo diario.
Hay vómitos. Hay escalofriantes testimonios precedentes. Gente que «perdió a su familia, que perdió el pelo, la regla, los dientes». Porque la oposición, al menos la de este tipo de formato clásico, requiere una fuerza extra sobre todo si media cuando uno ya no es un veinteañero y, además, hay que compaginar con la vida de adulto, padre, marido «no ausente».
Recuerdo también el caso de un amigo. Opositó de joven a un puesto potente, el más alto. Estudiaba trece horas de lunes a sábado. Se fue a un pueblo de lo que aún no se llamaba la España vacía. Se alimentaba de bocadillos de mortadela y margarina. Se escribió una carta a sí mismo para recibirla después de las pruebas: si no sacaba la oposición, no había alternativa. ¿Cómo vivir ahora? ¡¿De qué?! Lo mejor de todo es que aprobó la oposición, cuyo puesto asignado cubrió con dignidad durante unos diez años y luego pidió una excedencia. Para hacer otras cosas. Y ahí sigue, fuera del paraguas de lo público, tan contento.
Porque la vida, por suerte, tiene siempre muchos más planes de los que quepan en un temario existencial. Pero esa bolita la cantamos, si procede, otro día.