Las casas de la EMT
Madrid deja de ser una nebulosa cuando apresas alguno de sus elementos. No siempre es fácil, pues las cosas (y las casas, como estas de la EMT) pierden su carácter enigmático a veces mediante el concurso del azar, si es que este existe. Como el que hizo que viera el corto Arquitectura emocional 1959, con el que León Siminiani se llevó merecidamente su Goya en 2023.
La acción se sitúa entre esas casas, viviendas erigidas para los trabajadores de la Empresa Municipal de Transportes (de Madrid), y la vivienda de la protagonista, en la calle Antonio Maura 16, ambas proyectadas por Secundino Zuazo, uno de esos arquitectos todoterreno, capaz de construir para distintos moradores y, por tanto, como se propone en el cortometraje, establecer un hilo invisible entre ellos.
Porque todo está unido, tutto è legato, que repito hasta la saciedad, como esas ventanas en arco, que revestían de dignidad las fachadas de la colonia de los tranviarios, también llamada de San Criastóbal o de la EMT. Pero también las de la fachada señorial del edificio del barrio de los Jerónimos, quizá el oasis arquitectónico más lujoso de todo Madrid. De eso va, grosso modo, este delicado cortometraje, y de los largos paseos del protagonista, de origen humilde, desde esas casas en las afuerísimas en el Madrid de 1959, hasta las inmediaciones de El Retiro. Siete kilómetros y medio que una tarde se hace a pie para afianzar un amor que se le escapa.
Sabe el protagonista que, si bien todo está unido, la tendencia es también al centrifugue, a la entropía, a las clases sociales estancas y en lucha. Por eso es bonito ese corto, por la posibilidad de que venza la unión, la conexión, el hilo mágico. Y quizá por ello, el día después de verlo, cogí el coche y me planté en la colonia de San Cristóbal para meterme en la piel de Sebas y Andrea, de los trabajadores que se instalaron allí en la noche de los tiempos, y dieron vida a aquellos veinticinco bloques, en esas ochocientas viviendas de dos modalidades, 60 y 90 metros cuadrados, y galería en la fachada que le da un aspecto de corrala.
Motivado por ese cine de lo arquitectónico, días después me vi Madrid EXT, animado también por los buenos comentarios hacia esta película de Juan Cavestany que daba continuidad a la precedente Madrid INT. Intuí que encontraría algún detalle relacionado con esas casas de la EMT y, en efecto, no tardó en aparecer la Asociación Vecinal la Unidad, que fotografié en mi excursión al lugar; y qué gracioso que tenga ese nombre, la Unidad. El otro día nos hablaba Lorenzo Durruti de Plotino, el filósofo que rompe con la idea tan trillada de la dualidad para hablar de El Uno, principio primero, motor de todas las cosas. Esa luz esencial con la que conectamos cuando se diluye el ego, el ruido, lo fragmentado, separado, roto e intuimos la plenitud que aguarda al final del camino.
Quizá rumiaban parecidas divagaciones algunos de los primeros moradores de la colonia San Cristóbal, ajenos seguramente a que tan apartada barriada sería poco a poco integrada en la ciudad. Se uniría, así, a ese gran conglomerado humano que solo con ciertas arqueologías recientes, como la de Siminiani, como la de Cavestany, logramos distinguir de entre la bruma cotidiana.
A la izq, edificio de la c/ Antonio Maura, 16. A la dcha, la colonia de San Cristóbal. En ambos casos, ventanas con arco.
Tres alturas frente a tropocientas.
Bar de la asociación vecinal que aparece en Madrid EXT.
Secundino Zuazo proyectó 25 bloques como estos para los trabajadores de la EMT demostrando que arquitectura digna y clase obrera no debían de estar reñidas.