Antes de la boda, me colé en la iglesia de Santa María la Blanca, de la que reproduzco un vistoso detalle
Asumiendo que viviremos 90 años, casarse a los 45 no me parece mala cosa. Recuerdo un monólogo de una obra de Chéjov que interpreté en su día, donde un tal Iván Vasiliévich Lómov decía: «Tengo 34 años. Una edad, por así decir, propicia para casarse». ¡Y la obra es de 1888! El año del turrón más caro del mundo. Ah, no, ese es 1880. En cualquier caso, ¿cuál era la esperanza de vida en la Rusia de los zares? ¿35 años? Chéjov murió a los 44. Supongo que los miembros la burguesía a la que pertenecía ese personaje no entendían el matrimonio como una fuerza de trabajo, como una asociación de fuerzas igual a la de los bueyes bajo un mismo yugo, y nunca mejor dicho y, por tanto, vivían más años. Así, quien podía escapar de ese ayuntamiento forzoso lo hacía. Y se lanzaba al Grand Tour que inauguró la aristocracia, como aquel «felicísimo viaje del muy alto y muy poderoso príncipe don Felipe», que llevó por al futuro Felipe II por Italia, Alemania y Países Bajos durante tres años. Tenía 21. Volvió a los 24. Murió a los 71.
Curiosamente, el citado monarca se había casado a los 16. Y llegaría a hacerlo tres veces más. Pero los reyes, y más los de la casa de Habsburgo, no son gente normal. La boda a la que acudimos el pasado día de Todos los Santos no era de reyes ni dinastías, aunque el marco, una preciosa finca a las afueras de Sevilla, nos hiciera pensar lo contrario. Fue un bonito día y me alegró mucho por los novios. Me tocó pronunciar unas palabras, el brindis, e improvisé algunas frases desde el corazón, pero solo fue a posteriori cuando encontré las ideas que hubiera querido decir.
Quizá hubiera citado a ese Antonio Gala que aseguraba que solo a partir de los 26 años se puede decir «te quiero», porque es entonces cuando el ser está hecho y por tanto se quiere con amor y con ego. Soy partidario de ampliar esa cifra diez, veinte años más, hasta los 45 del novio, mi amigo A., que se casa cuando empieza esa segunda parte del partido de fútbol de la vida.
Porque si bien los deportistas, como los reyes, son también gente rara que a los cuarenta ya han hecho todo y se pueden dedicar a encargar el ataúd más bonito, el resto de los mortales, y más en esta época de procrastinación y de dilación sin límite del proceso de madurez, a los cuarenta y pico aún estamos haciéndonos.
De ahí que casarse a esa edad me parezca todo un acierto que yo recomendaría a todo el mundo de no ser por la cuestión biológica y procreativa. Salvado ese pequeño matiz, todo son ventajas a la hora de apostar por un matrimonio tardano. Decía Anna Caballé en El saber biográfico que las buenas biografías son aquellas que muestran «el ser trabajado». Ese personaje que ha logrado ser quien era. Y eso requiere cierta dedicación; como te despistes un poco te conviertes en otro. O en una versión nebulosa de ti mismo.
Una estrella que baila
Al novio de la boda sevillana yo lo veo muy trabajado; lo suficiente para decir «Sí, quiero» con alegría e ilusión, pues no hay FOMOs posibles, o son más manejables. Porque a los 45, se llega viajado, follado, vivido y bebido al altar, que es la mejor forma de asumir esos votos. Solo así se entiende la pervivencia de un sacramento, liturgias aparte, que implica el compromiso con una persona, un ejercicio de monogámica entrega que ya no es tanto sacrificio como orgullosa decisión. Se abre así una nueva vida, ese segundo acto en una obra de dos, en el que en lugar de renuncia hay celebración, pues durante el primer acto se lleva a cabo lo que tocaba, esto es, vivir.
Un vivir que implicaba perderse, alegrarse, entristecerse, chocarse, pasar frío y extremos sudores, a sabiendas de que tras la tormenta llegará la calma. Y que solo esa calma será bienvenida tras las turbulencias previas. Unas turbulencias, por otra parte, que ni en el matrimonio más plácido, con casa en Gales con chimenea y partidos de criquet por la tele, deben abandonarse del todo, como recomendaba Nietzsche en esta frase que me descubrió mi tía Christine: «Es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzante».
Casarse a los 45 es muy aconsejable. Yo lo haré, de hecho, a los 47. Porque hacerlo antes no deja de ser comprar boletos para la gran rumia de sombras, en muchos casos un ejercicio kamikaze fruto de la inconsciencia, del placer de jugar a ser adulto. Te crees adulto, amigo mío, pero, créeme, no lo eres. Y si los cementerios están llenos de valientes, los juzgados están igual de saturados de trámites de divorcio de aquellos que se casaron movidos por el ansia. Por el deseo de enfundarse quizá por primera vez en un traje, fumar un habano como vieron hacer a sus abuelos e ir de mesa en mesa soltando frases memorables que el licor de hierbas diluye como a los peces de hielo.
Me gusta el concepto de la vida como felicísimo viaje. Aunque incluya mareos, como los que sufrió el propio Felipe II en las travesías por el Mediterráneo de aquel tour, y también en el periplo que lo llevó a Inglaterra para contraer matrimonio, en segundas nupcias, con María Tudor. Se casaron en Winchester, a unos 100 km al sur de Londres. Imagino ahora la soledad de un enlace en territorio extraño, de ahí que eligieran la fiesta de Santiago Apóstol, patrón de España, para añadir un toque más cercano. Es probable que lloviera aquel día de julio de 1554.
¿Vivan los novios? Ella murió cuatro años después. Por suerte o desgracia, aunque uno trate de planificar un segundo acto de la vida a velocidad de crucero, la desaparición de las turbulencias no está garantizada. Y como este en texto claramente ventajista, diré que está bien que así sea, como un recordatorio de las inclemencias y mareos del pasado.
Pareidolia on the rocks. Sevilla, 1 de noviembre de 2026